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MALDICIÓN DE MALINCHE
La Maldición de Malinche Escrito por Gabino Palomares
Del mar los vieron llegar mis hermanos emplumados eran los hombres barbados de la profecía esperada.
Se oyó la voz del monarca de que el Dios había llegado y les abrimos la puerta por temor a lo ignorado.
Iban montados en bestias como demonios del mal iban con fuego en las manos y cubiertos de metal.
Sólo el valor de unos cuántos les opuso resistencia y al mirar correr la sangre se llenaron de vergüenza.
Porque los dioses ni comen, ni gozan con lo robado y cuando nos dimos cuenta ya todo estaba acabado.
En ese error entregamos la grandeza del pasado y en ese error nos quedamos trescientos años esclavos.
Se nos quedó el maleficio de brindar al extranjero nuestra fe, nuestra cultura nuestro pan, nuestro dinero.
Y les seguimos cambiando oro por cuentas de vidrio y damos nuestra riqueza por sus espejos con brillo. Hoy en pleno siglo XX nos siguen llegando rubios y les abrimos la casa y los llamamos amigos.
Pero si llega cansado un indio de andar la sierra lo humillamos y lo vemos como extraño por su tierra.
Tú, hipócrita que te muestras humilde ante el extranjero pero te vuelves soberbio con tus hermanos del pueblo.
¡Oh, Maldición de Malinche! ¡Enfermedad del presente! ¿Cuándo dejarás mi tierra? ¿Cuándo harás libre a mi gente?
Su nombre fue Marina, mejor conocida como Malinche. Una de las veinte mujeres que le dieran a Cortés a cambio de paz y tranquilidad. Malinche, esa mujer sobre quien la historia ha callado mucho y sobre quien se ha hablado mucho, aunque escrito poco. Esa mujer que se convirtiera en la amante de Cortés y fiel interprete y auxiliar de los españoles. Cuando Cortés llegó en 1519 a las costas de Tabasco tras la victoria, lograda gracias al espanto que produjeron los caballos, vino la paz, que los indios hicieron, según su costumbre, entregando a las mujeres a los antiguos enemigos. Entre ellas estaba una joven mexica. Bella mujer, Malintzin, Marina o Malinche, se bautizó como Marina, la joven amante de Cortés quien a veces no tenía reposo a fin de complacerla. Las relaciones entre Malinche y Cortés fueron muy estrechas, convirtiéndose la muchacha en intérprete y consejera del conquistador. Una vez acabada la conquista Cortés decidió casarla con uno de sus capitanes, no sin antes reconocer al hijo nacido de su relación, Martín Cortés. En la historia de México Malinche se convertirá en un símbolo del indio seducido y abandonado, dando lugar al término malinchismo, con el que se señala la entrega a lo que viene de fuera y la incapacidad para valorar lo propio.
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